«Se murió solo y se enterró solo»: Así es el adiós de un fallecido por coronavirus

La crónica negra del coronavirus: El último adiós a los fallecidos tendrá que esperar

Imagen de empleados de una funeraria portando un féretro
Medidas de seguridad en funerales y velatorios por el Coronavirus | Agencias

Del coronavirus solo vemos la punta del iceberg, un ingente bloque de hielo cuyas proporciones resultan mayores conforme pasan los días. Cuarentena. Estado de alarmaConfinamiento. Conceptos, los tres, que tan lamentablemente familiares nos resultan ahora, pero que hace tan solo unos días eran desconocidos por el groso de la población. 

Al fatalismo que gira en torno al coronavirus se suma otra deleznable circunstancia, un nuevo drama que, lejos de tratarse de una novela al más puro estilo 'Orwell' —George Orwell, autor de la aclamada obra '1984', considerada el 'Gran Hermano' de nuestro siglo—, es una realidad que opera a diario en nuestro país.

El luto silencioso en tiempos del coronavirus: «Ni una misa ni unas palabras… Nada»

Un titular perteneciente al diario 'Vozpopuli' y que acerca al lector al auténtico drama del que ya son protagonistas cientos de familias hoy.

Como apuntábamos al inicio de esta noticia: cuarentena y teletrabajo, confinamiento, medidas preventivas de seguridad. Crisis económica. En suma, un escenario desolador.

Es sabido por todos que el coronavirus es veloz en su propagación y está dotado de una elevada resistencia a la hora de permanecer en determinadas superficies y en el ambiente (en el acero, por ejemplo, posee una persistencia de hasta cinco días, tal como informa el diario 'El Comercio').

La prensa digital 'Vozpopuli' recoge tres testimonios de familiares de víctimas por contagio de COVID-19. Un escenario desolador que alcanza hoy la cifra de 1.331 muertos y 24.926 contagiados en nuestro país.

Número de casos registrados hoy en España: 1.331 muertos y 24.926 contagiados

«Yo fui la única que pudo ver a mi abuela 15 minutos el día de antes, aunque no pude acercarme a la cama, claro... Fue duro verla en ese estado, al verla fue aún más claro que se iba a morir», explica Laura, una joven cuya abuela fallecía la pasada jornada. «Me dijo que la estaban tratando muy bien y que eran todos muy amables. La incineraremos y haremos la ceremonia en su pueblo natal cuando pase todo esto, así pueden estar sus hermanos y demás familia».

La crónica negra del coronavirus: el último adiós a los fallecidos tendrá que esperar

Otro testimonio es el de María. Su abuelo materno fue el cuarto fallecido por COVID-19 en Cataluña. «Tenía sus achaquillos», pero «siempre salía adelante». Fallecía la madrugada del pasado martes, doce horas después de que su temperatura corporal ascendiera al punto de evidenciar lo que los sanitarios y familiares sospechaban.

COVID-19, responsable del fatal desenlace: muere un paciente transcurridas tan solo doce horas de presentar un cuadro de fiebre.

«Creímos que sería una tontería, pero se lo llevaron y no lo volvimos a ver»

Así lo explica la nieta, María, cuyo abuelo materno precisó atención hospitalaria por una subida de tensión, resultante en un ingreso de urgencia. Una noticia, a priori, inesperada para la familia, teniendo en cuenta que desde hacía un mes el paciente no acudía al centro día de la tercera edad del que era usuario.

Al igual que un número incontable de empresas de nuestro país, el centro decidía cerrar sus puertas como medida preventiva.

«No pensábamos que pudiera ser coronavirus», narra María, quien asegura que las doce últimas horas de vida de su abuelo las pasó ingresado y «aislado en una habitación, solo». «Es muy duro, porque murió sin despedirse de sus familiares»

Llegado el día del entierro, los familiares del difunto, incluida María, solamente pudieron acercarse al féretro adoptando las preceptivas medidas de seguridad por contagio de SARS. «'Precintado y dentro de plástico', a 10 metros de distancia de la valla donde se encontraba. Como en 'Breaking bad'. Los que lo enterraron iban vestidos con máscaras, gorros, guantes, capucha».

Inmediatamente después del entierro, desprovisto de misa y sin apenas asistentes, María, su madre y la abuela —viuda del fallecido— hubieron de permanecer en cuarentena al ser posibles portadoras del virus. A este hecho, se suma una revelación por parte de María que pone los pelos de punta, cuando menos.

Cuando su abuela, viuda del difunto, empezó a presentar frecuentes accesos de tos, inmediatamente lo pusieron en conocimiento de las autoridades competentes. La que sigue a continuación es la respuesta del centro sanitario: «No le harían la prueba hasta que no le saliera fiebre», relata la nieta.

El hijo del fallecido y padre de María, que asimismo había mantenido contacto con la víctima, recibía idéntica negativa. Explica la hija, María, que le dijeron que podía hacer vida normal, a lo que ella denuncia: «Pudo estar propagando el virus».

Un testimonio que pone de manifiesto las limitaciones a que se enfrenta nuestro país, en lo que ya supone una carrera de fondo para combatir el COVID-19.

«No es una muerte normal, no te lo quitas de la cabeza… Está en las noticias, en WhatsApp… Todo te recuerda a eso. El coronavirus era algo de la tele, parecía que era algo que nunca te va a tocar». 

La nieta del fallecido, positivo en coronavirus

Un positivo dictaminado aun sin haber sido sometida al test de contagio por SARS-CoV-2. Según relata la propia María, su sintomatología no deja lugar a las dudas. «Al mínimo síntoma, te quedas casa, y lo veo bien, tenemos que evitar que esto lo tenga que vivir más gente».

Hombre con flores ante una tumba
Un hombre, en el cementerio, sostiene un ramo de flores | Pixabay

Otro caso de aislamiento preventivo y escasez de comunicación es el experimentado por Ramón

Ramón se despedía de su madre, contagiada por coronavirus, «desde la calle, al otro lado del cristal de la sala de espera». Terminantemente prohibido mantener cualquier tipo de contacto físico con la paciente.

«La comunicación con mi madre ha ido haciéndose más difícil por su falta de fuerzas», explica Ramón acerca del estado de salud de su madre, quien era ingresada con un diagnóstico de neumonía para horas más tarde dar positivo en SARS-CoV-2.

Explica Ramón para 'Vozpopuli' que los médicos valorarán trasladarla a la UCI «en función de la disponibilidad y su evolución».

Una escasez de información extrapolada al caso de su padre, quien fue trasladado a Urgencias porque «convive directamente con ella», con la madre de Ramón, «y es, a priori, una persona mucho más vulnerable. Con 85 años y un ingreso hospitalario este mismo año por problemas respiratorios».

La madre de Ramón fue dada de alta a las pocas de ser ingresada, explica su hijo, sin haber sido sometida al test de posible contagio por COVID-19. El objeto de esta precipitada decisión, «estar asintomática», informa Ramón. 

«Nos pidieron que lo vigiláramos en casa y acudiéramos al más mínimo empeoramiento.Confinados todos en casa, la tensión por la evolución de uno y la ignorancia por el estado de la otra es realmente difícil de llevar, siendo cada llamada de teléfono o cada toma de temperatura un simulacro ante un escenario peor», asegura.

Un triste testimonio que lleva al propio Ramón a preguntarse: «Dónde están los heridos de esta 'guerra' de la que hablan las noticias y por la que se aplaude desde los balcones», un acto de solidaridad que acoge a millares de ciudadanos en los balcones de sus hogares, un gesto de agradecimiento a la inestimable labor de los sanitarios y trabajadores de aquellos establecimientos cuyos servicios y productos son considerados de primera necesidad. 

Palabras a las que añade: «Que nadie entienda esto como una crítica al personal sanitario». Un grado de implicación —el de los sanitarios— que Ramón define como: «muchísimo más allá de lo razonable», pese a «la aparente falta de medios y personal»

Una situación inquietante con un trasfondo sibilino. Un iceberg del que solo alcanzamos a ver la ínfima parte de un enorme bloque de hormigón, al que el Gobierno trata de hacer frente en lo que ya supone una carrera a contrarreloj en la lucha contra la propagación masiva de COVID-19.

Ramón pone fin así a su testimonio: «Ahora la única aproximación a la enfermedad viene a través de una cifra dejada caer de pasada, a veces en forma de gráfico animado; como máximo, alguien que se ha recuperado. No es el caso, desde luego, de otros países como Italia, donde en una simple aproximación a la prensa lombarda la diferencia, no ya en solo en cuanto a mensajes, sino en algo tan simple como el número de fotografías de enfermos u hospitales, es chocante».

Su testimonio acaba reconociendo que «se habla a menudo de un enemigo invisible. En este caso, ante la avalancha de información, lo realmente invisible está siendo la infinita suma de dolores de mayor o menor intensidad, una imagen de sufrimiento que, quizá, podía ser más útil en la labor de concienciación sobre a qué nos estamos enfrentando y lo que acarrea».


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