Los loros, mucho más inteligentes de lo que pensamos

Un nuevo experimento ha comprobado que esta ave puede calcular probabilidades, una habilidad que hasta ahora solamente se asociaba a humanos y simios

Imagen de un loro kea en un experimento científico
Los loros kea tienen una inteligencia que los expertos denominan de dominio general | Universidad de Auckland, Nueva Zelanda

Los loros son capaces de predecir sus probabilidades de obtener una recompensa o quedarse sin ella, tras observar distintas clases de pistas, y obrar en consecuencia en busca de su premio. Así se desprende de un experimento que, por primera vez, ha mostrado esta clase de inteligencia en una especie distinta a los humanos y los grandes simios.

De hecho, el modo en que estas aves resolvieron las pruebas es similar al que, frente a experimentos similares, han mostrado tanto los bebés como algunas especies de homínidos, entre ellas los chimpancés y los orangutanes, mientras que otros primates, en concreto los monos capuchinos, fallan en el intento.

El estudio

El estudio, que publica este martes la revista Nature Communications, requirió entrenar a seis loros kea, una especie neozelandesa, para que asociaran el color negro con una recompensa y el color naranja con la ausencia de premio. Los científicos llenaron dos tarros transparentes con distintos porcentajes de objetos negros y naranjas para dar a elegir a los loros, con los puños cerrados, entre los objetos extraídos de uno y otro bote.

Los animales preferían el puño, sin poder ver el objeto en su interior, que había extraído la pieza del tarro con una mayor proporción de objetos negros, asociados a la recompensa. Es decir, no se trataba de que eligieran el tarro con mayor número de piezas con premio, ni de que evitaran el que tenía más objetos sin recompensa, sino de que mostraran predilección por el que más probabilidades les ofrecía de encontrarse con una recompensa. En contraste, los monos capuchinos no han sido capaces, en experimentos similares, de mostrar esta capacidad.

Más complicado aún

Pero lo más interesante, según los autores del trabajo, llegó con los siguientes experimentos. En el segundo de ellos, se introducía una barrera en los tarros, bajo la cual los objetos quedaban inaccesibles, mientras que, por encima de la misma, el porcentaje de piezas con premio variaba. Y una tercera prueba enfrentó a las aves a dos experimentadores distintos, tras entrenarlas para observar que una de estas personas era más proclive a entregar premios que la otra.

Los loros lograron asimilar estos nuevos datos, el primero sobre una barrera física en el interior del tarro y el segundo sobre un sesgo en la conducta de las personas que tenían enfrente, y actuar de acuerdo a los mismos para seguir eligiendo la opción que más probabilidades de recompensa les ofrecía.

Como una partida al póker

La capacidad de recoger datos de diversa procedencia e integrarlos en una predicción es importante porque revela una clase de inteligencia que los expertos denominan de dominio general, es decir, no limitada a un ámbito específico. Cuando los loros seguían las pistas sobre los obstáculos físicos que se interponían frente a la recompensa, u observaban la tendencia de la persona que tenían delante a dar más o menos premios, estaban dando muestras de esta clase de inteligencia.

Amalia Bastos, principal investigadora del estudio,  compara esta conducta con lo que hacemos los humanos cuando, por ejemplo, jugamos al póker: «Puedes intentar adivinar qué carta tiene tu oponente al combinar información sobre probabilidad (sabes qué cartas no puede tener de ningún modo porque las estás sosteniendo en tu mano), con información social (quizá seas capaz de saber si está mintiendo o no)», explica la investigadora.

Los loros kea obraron de un modo similar porque lograron combinar la información estadística del primer experimento, en el que sólo tenían en cuenta el número relativo de objetos negros o naranjas, con otra clase de datos introducidos en las posteriores pruebas, tanto físicos -la barrera en el tarro- como sociales -la predisposición del experimentador-. «Igual que los humanos», concluye Bastos.


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